Las Emperadoras de la champeta: cuando la champeta se viste de poder femenino
Las Emperadoras de la champeta: cuando la champeta se viste de poder femenino
Por: Daniel Ricardo, Camilo Torres y Camilo Domínguez
Por años, la champeta ha sido territorio de voces masculinas, tambores rudos y letras que giran en torno al vacile. Pero en Cartagena, un grupo de mujeres decidió desafiar la tradición, tomar los instrumentos y reclamar su espacio sobre la tarima. Son Las Emperadoras de la Champeta, una agrupación nacida en plena pandemia y hoy símbolo de resistencia, identidad y transformación social.
Su historia es también la historia de varias mujeres que encontraron en la música un acto de reivindicación. En este caso hablaremos de dos: Miliceth “Mili” Iriarte y Shirley “Palenquera” Pérez.
Antes de ser cantante, Mili Iriarte era —y sigue siendo— historiadora, administradora y gestora patrimonial. Su vínculo con la música no nació de un estudio de grabación, sino de una investigación académica: El papel de las mujeres en la cultura de la champeta.
Miliceth “Mili” Iriarte, gestora patrimonial y fundadora de Las Emperadoras de la Champeta. / Foto: Camilo Torres.
Mientras hurgaba en archivos y entrevistas, descubrió que existían más de 36 mujeres activas dentro del género, aunque casi ninguna sonaba en los grandes escenarios. “Entonces pensé: ¿por qué no suenan?”, recuerda ella. Esa pregunta se convirtió en el motor de su motivación.
De esa inquietud nació Las Emperadoras de la Champeta, el primer grupo femenino del género en Cartagena. Un proyecto que brotó en medio del confinamiento, cuando los picós guardaban silencio y los escenarios estaban vacíos. “En pandemia todo se cerró, pero nosotras decidimos abrir una ventana digital. Nuestra primera presentación fue en vivo por redes sociales, y la gente comenzó a apoyarnos”, cuenta Mili, quien asumió el liderazgo artístico y conceptual del grupo.
Agrupacion “las emperadoras de la champeta” en tarima. Cortesía: Archivo fotográfico del mercado cultural del caribe
Su propósito era claro: demostrar que la champeta también podía ser una voz femenina y consciente, sin perder el sabor ni el tambor.
Shirley Palenquera es la herencia del tambor
La historia de Shirley Pérez —o Shirley Palenquera, como la conocen en la tarima— está tejida con herencia. Es hija de Melchor Pérez, “Melchor el Cruel”, uno de los íconos históricos del género. A los 13 años compuso La Sailor Moon, hoy una pieza mítica de la champeta clásica, aunque entonces no pudo grabarla por asuntos familiares. Décadas después, su voz se volvió bandera de Las Emperadoras.
Shirley “Palenquera” Pérez, hija del legendario Melchor Pérez, mezcla en su voz la herencia champetúa y el ritmo ancestral del tambor. / Foto: Daniel Ricardo.
Shirley no solo canta; toca el tambor, enseña, y lleva consigo el legado palenquero. “Mi padre fue mi reflejo y mi inspiración. Pero cuando empecé, me miraban como si fuera un bicho raro, como si no perteneciera a ese espacio. Por eso me alejé un tiempo”, recuerda.
Hoy, su presencia en el escenario es una respuesta a aquel rechazo. “Ahora me subo y me valoran como la artista que soy, no como una mujer para mirar”, dice con firmeza.
Junto a Mili y al resto de las integrantes, Shirley ha transformado la incomodidad de antes en energía para abrir camino a otras.
El impulso definitivo llegó cuando Las Emperadoras fueron seleccionadas para participar en el Mercado Cultural del Caribe, uno de los encuentros más importantes de gestión artística y patrimonio musical en la región.
“Fue un premio en sí mismo”, dice Mili. “Ese espacio nos permitió mejorar nuestro discurso, profesionalizar nuestro show y conectar con otras agrupaciones. Nos dejó un registro audiovisual que hoy sigue siendo nuestra carta de presentación”.
Shirley coincide: “Saber que el Mercado puso sus ojos en nosotras fue una motivación enorme. Entendimos que el esfuerzo valía la pena”.
Más que una vitrina, el Mercado les dio legitimidad. Les enseñó a dialogar con gestores, programadores y audiencias internacionales. Allí, Las Emperadoras aprendieron que la champeta no solo se baila: se gestiona, se comunica y se protege como patrimonio vivo.
Detrás del sonido contagioso hay un proyecto cultural con discurso. Las Emperadoras entienden la champeta como una herramienta de transformación social.
“Nosotras usamos la música para hablar de temas incómodos”, explica Mili. “Tenemos canciones como Soy, inspirada en una persona trans del Caribe; Miñacucha, sobre diversidad cultural; y No estás sola, dedicada a las mujeres víctimas de violencia de género”.
En sus letras conviven el tambor africano y el mensaje social. El perreo y la reflexión. La fiesta y la resistencia.
“Queremos que el público sienta que la champeta también puede contar historias de verdad”, agrega Shirley. “No se trata solo de vacilar; también se trata de reconocernos”.
El grupo no solo ha servido de plataforma artística, sino de ejemplo para nuevas generaciones. Mili lo resume con una frase: “Hoy las jóvenes la tienen más fácil porque ya hay un camino trazado. Pero deben tener disciplina y constancia. Esto es un esfuerzo colectivo”.
El legado de artistas como Patricia Teherán, Karol G o Brenda Fassie se mezcla con la fuerza local de mujeres como Barbie Perreo o Lilibeth Cepeda, que abrieron puertas desde Barranquilla y Cartagena. Mili las observa con respeto, pero sabe que Las Emperadoras están escribiendo su propia página.
Ambas artistas coinciden en un sueño compartido: ver la champeta reconocida como Patrimonio Inmaterial de Colombia. “Ese reconocimiento fortalecerá los derechos culturales de las mujeres y abrirá más espacios de participación”, insiste Mili, quien participa en mesas de trabajo del Plan Especial de Salvaguardia del género.
Hoy, cuando suben a escena, las luces se mezclan con el retumbar del bajo y el eco de las maracas. Las voces de Mili y Shirley se cruzan con la guitarra, el tambor y los coros. La gente baila, pero también escucha.
Porque Las Emperadoras no solo hacen champeta: hacen historia.
Video entrevista. Disponible en Youtube.
Su paso por el Mercado Cultural del Caribe marcó un antes y un después, demostrando que la cultura del Caribe no solo influye en su música, sino que también se nutre de su ejemplo.
En un género que alguna vez les cerró las puertas, ellas decidieron construir el palacio desde donde reinar.
Y así, entre tambores, letras y fuerza femenina, las verdaderas emperadoras de la champeta siguen escribiendo su reinado.
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